1/10/26

Cuando el flautista firma su primera hipoteca



¿Quién no ha leído alguna vez a sus hijos El flautista de Hamelín? Aquel músico que, mediante una melodía irresistible, consiguió llevarse primero a las ratas y después a los niños del pueblo.

Quizá por eso el cuento fue uno de los libros predilectos de quienes más tarde serían llamados perroflautas: un género humano particular, reconocible no tanto por sus perros o sus flautas como por su capacidad para convertir cualquier problema material en una representación moral revolucionaria™


Porque ante problemas materiales la dialéctica moral y onanismo humanitario por parte de buena parte de esos que hoy se llaman izquierdistas de poco sirve para resolver retos contemporáneos. Los cuales el catecismo soviético ofrece soluciones acorde a los tiempos, por eso un diálogo atemporal responde explícitamente al rechazo de la inmigración masiva.

—Товарищ Anatoli, ¿cuántas unidades habitacionales tenemos disponibles?

—Doscientas cuarenta, Товарищ Ben Yosef.

—¿Y cuántas personas pretende instalar el camarada flautista?

—Diez mil, es mas asegura que cuestionar su plan es racista.

Aquí termina el materialismo dialéctico y comienza la multiplicación progresista de los panes, los peces y los pisos de alquiler junto con la ausencia de coches en las calles, ya que contaminan. Hoy lo llaman decrecimiento y sostenibilidad, mientras que ayer se llamaba empobrecimiento y concentración de capital; vamos, capitalismo de toda la vida.

Y cuando alguien pregunta dónde termina el suelo disponible y dónde comienza el pueblo que ya vive sobre él, el flautista no responde con cifras, sino que acusa a quien ha señalado la barrera llamada realidad.

Porque cualquier barrera colectiva que frene la disolución de Babel y de todas las naciones estorba tanto al Baal de Hierro como a quienes buscan el Becerro de Oro. Ambos necesitan el vacío de los pueblos y el surgimiento de pueblos sin historia: ciudadanos del mundo, que no jardineros del universo como Adán y Java.

“Mi reino no es de este mundo”, dijo el judío más famoso de la historia. Por eso para ironías del destino, los nuevos flautistas parecen haberle tomado la palabra: ante la vivienda, el trabajo y la demografía ofrecen salvación moral, pecado hereditario y sacrificio expiatorio. Han cambiado el crucifijo por una bandera multicolor, pero siguen esperando que los panes, los peces y los pisos se multipliquen mientras el hebreo acabe en la cruz muerto figurativamente o fiscalmente.

En cambio, el segundo judío más famoso, Karl Marx, dio origen a un movimiento que pretendía emancipar al proletariado mediante el análisis de sus condiciones materiales. Sus primeros teóricos llegaron a hablar de pueblos "con historia y sin historia": una forma particular de preguntar qué papel podía desempeñar cada pueblo en la transformación de su época. Visto desde mi modelo de lenguaje espiritual, se parece a una pregunta por el tikún, aunque aquella dialéctica no pudiera llamarlo así, cosas del ateísmo militante.

Si bien aquellos materialistas examinaban territorio, trabajo y recursos antes de anunciar una misión histórica, ciertamente no imaginaban a las poblaciones convertidas en hojas en blanco mediante un empadronamiento. Sus herederos estéticos, en cambio, entregan la organización de la vivienda y el trabajo al mercado mientras denuncian como inmoral a quien pregunta por los recursos disponibles. ¡Eso debe ser raSiSmo!

Nuestros superhéroes antifascistas abandonaron el materialismo por un idealismo poscristiano. En sus concilios medioambientales se predica la esterilidad como virtud, el decrecimiento como deber de las masas y el apocalipsis climático como justificación de nuevos tributos al Baal de Hierro. Al Varón Blanco Heterosexual se le asigna una culpa hereditaria que sólo puede expiar inmolándose ritualmente, conforme a un decreto faraónico que ellos mismos han profetizado

El judío conserva un papel más retorcido todavía: debe ser una víctima venerable mientras sirva de símbolo para sus sermones, pero se vuelve verdugo en cuanto reivindica la autodeterminación como pueblo con historia y patria propia.

Resulta divertido comprobar cómo judíos ateos como Karl Marx o Ayn Rand ofrecieron, cada cual desde su bando, una promesa de liberación sin el Dios de Israel. Cambian los nombres, pero el decorado sobrevive. Abramos entonces brevemente el catecismo soviético para ver qué hace un materialista cuando el flautista le pide alojar a diez mil personas en doscientas cuarenta viviendas.

Inmigración en el paraíso soviético

En la historia de la planificación soviética aparecen ciertos nombres que incomodan a los devotos de las etiquetas: Albert Kahn y Ernst May Los cuales moldearon al товарищ mas de lo que se pueden imaginar. Ahora bien, la Unión Soviética no colocaba ciudades en el mapa porque Dimitri descubriera un lago hermoso y se emocionara con las vistas turísticas. Antes de instalar población había que pensar en producción, transporte, territorio y viviendas. Aquello podía ser brutal, inhumano y desastroso. Pero respondía a una lógica de planificación: no se esperaba que el sentimentalismo levantase las casas al son de la flauta humanitaria.

Mientas que nuestros herederos estéticos del socialismo admiten hoy la llegada de población sin coordinar vivienda, trabajo, escuelas o transporte y esperan que la mano invisible resuelva el milagro. 

Porque la pobreza es virtud, en cambio el materialismo debe ser exclusivo del marxismo, luego se nos ofrece soluciones de "utopicas": soft, humanitarista y mediáticas donde el sentimentalismo debe levantar viviendas como jamás he visto en una ninguna obra de edificación.

Revolucionarios hasta la primera hipoteca

Volvamos a los músicos que aspiran a la revolución socialista hasta que firman su primera hipoteca. Muchos no consiguen dialogar con su vecino, pero imaginan que una retórica centenaria convencerá a millones de persones con lengua, memoria y lealtades propias.

Según el flautista, cualquiera puede convertirse de inmediato en español, catalán o anunnaki con tal de servir cervezas doce horas, pagar impuestos y celebrar la fiesta de Estado. Como si pertenecer a una civilización consistiera en coger un avión con una maleta.

—Amego, no seas racista y dame tu cartera.

Cuando alguien pregunta por las viviendas, los salarios o la continuidad del pueblo que recibe a los recién llegados, vuelve el sermón: pecado hereditario, penitencia y sacrificio. Cristianismo sin Cristo, culpa sin perdón y sacrificio sin resurrección.

Mientras que en tiempos revolucionarios del pasado, el Товарищ Yákov arrancaba los iconos a balazos para liberar al hombre del Cristianismo. Mientras que sus herederos han levantado otro altar lleno de: santos laicos, pecados lingüísticos y penitencias climáticas. Yákov habría reconocido el mecanismo antes de que terminase el primer sermón, ya que lo lleva en el alma!

Es asombrosa su metodología para resolver problemas: la izquierda avestruz mete la cabeza bajo tierra y espera que la ultraderecha solucione aquello que ella ni se atreve a mirar. Después, los flautistas vuelven a tocar patológicamente y a repartir culpas.

Quizá ya no tengan pulgas ni coletas ni rastas, ni estén tirados en la calle enarbolando enseñas soviéticas. Ayer crucificaban al capitalista en nombre de la humanidad; hoy, tras firmar su primera hipoteca, se convierten en pequeños burgueses que sacrifican al prójimo por esa misma humanidad abstracta. Cuando el vecino les señala la contradicción, lo llaman racista y reaccionario.

Más en el ojo ajeno solo ven la paja. La viga del suyo la tienen hipotecada.


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