27/8/26

¿Se puede ser racista siendo astrólogo?



¿Se puede ser racista siendo astrólogo?

Esta es una pregunta bastante interesante para muchos de mis lectores, acostumbrados a mi lenguaje exclusivo, ofensivo y vinculante; discreto como una excavadora entrando en terreno ajeno: primero penetra, después remueve; para cuando uno se pregunta qué coño ha pasado en el solar, la obra ya está adjudicada. Pero lo verdaderamente gracioso llega nueve meses después, cuando se descubre que aquello no era retórica: es hormigonado sucio.

Así pues, ya que estamos acostumbrados a tratar temas bien escabrosos, quizás sea buen momento para explicar qué sentido tiene realmente el racismo desde una perspectiva astrológica.


Primero deberíamos entender qué sería una buena carta natal. Porque antes de hablar de "una raza buena o mala", ya tenemos problemas para definir qué significa una buena carta natal!

Naturalmente, la carta natal nos enseña los puntos fuertes y débiles de cada persona, al analizar los aspectos astrológicos. Son parte de su experiencia de vida y aprendizaje. Otra cosa muy distinta es justificar el mal obrar hacia el prójimo mediante la astrología, determinadas ideologías o pensamientos sobre cómo debería ser el mundo.

Por eso definir una buena carta natal es muy relativo y complejo, ya que aspectos extraordinariamente positivos pueden hacer que una persona tenga una vida cómoda, agradable y fácil, donde apenas tenga necesidad de transformar o rectificar nada. Por ejemplo, un buen Júpiter relacionado con el Sol puede indicar una buena relación con el padre, un padre sabio o inteligente, cierta inclinación hacia la filosofía, la fe, compartir y expandirse. Un buen Saturno, una posición fuerte en Capricornio o Tauro, un trígono con Júpiter... pueden ser configuraciones excelentes, mientras que Saturno en Piscis o en Leo en cambio puede resultar más problemático...

Véase también Mercurio en Tauro, que me parece una combinación magnífica porque hace que la palabra sea precisa y concreta, evitando cierta verborrea que pudiera aparecer en Géminis. Muchos astrólogos consideran Géminis su territorio natural por ser su regente, por eso la relatividad de bueno o malo también está condicionada por la carta natal de quien lo interpreta.

Posiblemente una de las mejores combinaciones es Sol, Mercurio y Venus bien relacionados, o sea: ser, decir y atraer mediante aquello que uno es. Ciertamente sería como tener buenos materiales de obra, pero esto no garantiza una buena ejecución del edificio de la vida.

Ahora bien, ese trío no convierte automáticamente a una persona en moral, agradable ni buena. Tampoco garantiza una vida fácil, como a primera vista pudiera observarse, ya que puede haber otras partes de la carta muchísimo más complicadas: imaginemos un Saturno mal ubicado en casa II haciendo aspectos duros a Júpiter, Luna, Sol... Esa persona puede experimentar transformaciones materiales durísimas: pobreza, ruina y todas esas cosas "que molan" cuando le pasan a otro en África. Pero cuando toca vivirlas en carne propia, curiosamente: ¡REVOLUCIÓN COMUNISTA YA!

Por eso juzgar una carta natal y asignarle "buena o mala" como categorías fijas es muy atrevido, como inspeccionar una estructura de hormigón y no percatarse del mal fraguado.

Lo mismo sucede con nosotros. Determinados aspectos pueden producir contradicciones entre aquello que uno es, aquello que desea y aquello que termina haciendo. Un Venus en cuadratura al Sol o un Saturno atacando a ambos pueden señalar precisamente esas tensiones. Pero señalar una patología no significa condenar el edificio: habrá que intervenir sobre ella. La gracia está en cuánta tensión eres capaz de transformar para forjar quién debes ser.

Porque la carta natal no está para obedecerla, sino para ponerla en su sitio. Si viene torcida, se corrige. Si empuja, se contiene. Si se desmadra, bastonazo y a la hormigonera.

Y justamente por eso tenemos dos manos para construir: la izquierda representa aquello que recibimos; la derecha, aquello que hacemos con ello y entregamos al prójimo.

Entonces, ¿qué función tienen la moral y la ética si aparentemente todo está programado y planificado centralmente por el Gosplan celestial de Hashem?

Pues precisamente es que el plano no ejecuta la obra.

Ahora bien, no toda la memoria del proyecto a edificar llamado Vida se permite conocer al constructor. Detalles clave como cuándo vas a morir exactamente, si tendrás descendencia o qué consecuencias últimas tendrán tus actos no aparecen claramente escritos ante nosotros. Yo me atrevería a decir que sí, determinadas cosas podrían conocerse, pero sinceramente creo que es información que nadie debería tener. Sería terrible vivir sabiéndolo.

Por eso el "estaba en mi carta" no puede servir como certificado de buena ejecución del proyecto de vida.

La astrología puede explicar determinadas inclinaciones. Pero nunca justificarlas, sin más.

Así que, una vez sucias las botas de cemento, podemos llegar al punto clave del texto: el racismo.

El racista clasifica enormes cantidades de personas mediante unas características comunes. Pero el astrólogo hace precisamente lo contrario: cuanto más estudia una carta, más se acerca al individuo y menos útil resulta la categoría general.

Porque ni todos los blancos somos Tauro, ni todos los negros son Aries, ni todos los chinos son Virgo, ni todos los mongoles son Acuario.

Es más, ni siquiera dos Tauro son iguales, como personalmente compruebo con gusto. Pretender conocer la estructura completa del individuo mirando el color de la fachada sería una inspección bastante mediocre y mandaría a freír espárragos al de prevención por incompetente.

Es más, hay partes del alma que permanecen ocultas incluso al astrólogo: el área del tikún, la reencarnación y la raíz de alma. Son secretos políticamente incorrectos que serán desvelados a medida que la edad mesiánica sea fehaciente.

Por eso el racismo, por sí mismo, tiene poco sentido desde esta perspectiva, ya que clasifica demasiado y explica demasiado poco. 

Ahora bien, esto tampoco significa que todos los pueblos y civilizaciones sean iguales ni que todos consigan construir urbanizaciones agradables y prósperas, con jardines, bicicletas y niños correteando. Justamente las buenas urbanizaciones son las que están bien planificadas.

El vertedero de Babel llamado ciudad consiste justamente en disolver las humanidades para meterlas en bloques de hormigón, como bloques soviéticos, donde raza, pueblo, civilización, individuo y alma no son exactamente lo mismo, por más que lo desee el Gran Camarada de turno.

El judaísmo, el cristianismo y el islam han funcionado históricamente como enormes urbanizaciones capaces de transformar pueblos completamente diferentes. El judaísmo transforma a hebreos esclavizados, mediante Torá, ley y memoria, hasta producir aquello que reconocemos como pueblo judío. Mientras que el cristianismo y el islam hacen algo semejante con poblaciones completamente distintas entre sí.

Por tanto, una población puede transformarse enormemente sin necesidad de transformarse racialmente, Shalom mi hermano ARIO™.

Y aquí aparece el problema contemporáneo atravesado por la Segunda Guerra Mundial, el colonialismo y, utilizando nuestro propio lenguaje de obra, por el error de cálculo del Primer Templo: confundir la bendición recibida con mérito propio.

Una civilización puede recibir conocimiento, organización, riqueza, tecnología y determinadas ventajas históricas y terminar confundiendo aquello que recibió con aquello que es.

Sería como quien hereda un palacio y termina convencido de que fue él quien colocó los cimientos.

Naturalmente, quienes hoy hablan constantemente de racismo, derechos humanos y privilegio intentan impedir que vuelva a suceder aquello. El problema es que, a mi parecer, hemos terminado confundiendo responsabilidad con culpa, herencia con privilegio y reparación con revanchismo.

Antes:

"Mis antepasados vencieron, luego yo soy superior".

Ahora:

"Tus antepasados vencieron, luego tú eres culpable".

La patología no está únicamente en una vivienda concreta, sino en el trazado entero de la urbanización donde se ubica. Por eso posiblemente sea uno de los grandes problemas de identidad de nuestra generación y, a mi entender, también de la generación de mis nietos. 

Porque uno presume de una obra que no construyó. El otro pide perdón por una obra que tampoco construyó.

Y mientras estos discuten, ninguno coloca un puto ladrillo...

Pero Ben Yosef llega a la obra, con los planos en la mano, mira el reloj y grita:

—¿Pero aquí viene alguien a trabajar o qué carallo os pasa?

Todo dios a trabajar. ¡Como Dios manda!

Amén.

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