16/8/26

La novia de Israel Ben Yosef




Te presento a la novia de Israel Ben Yosef

Cuando un hombre debe encontrar pareja por sí mismo ya que su propio padre no tuvo el mérito, la lucidez o simplemente las ganas de encontrarle una esposa apropiada...Uno debe fijarse en varias cualidades. Y resulta evidente que el físico es lo primero que uno llega a conocer. Antes de preguntarle por su tikún, sus antepasados o su relación con Hashem, uno ya sabe si le gusta su rostro. Fingir lo contrario es espiritualidad de escaparate.

Pero esa atracción física también puede tener fundamentos espirituales.


Lo primero que debemos entender es que ninguna persona existe completamente aislada. Toda persona pertenece a una cadena familiar, está vinculada a otras y carga con una historia anterior a su nacimiento. De acuerdo con la lógica interna de la Torah, conocer de dónde viene una mujer sus padres, su casa, sus hábitos y sus conflictos... Esto permite intuir parcialmente qué tikún acompaña a la afortunada que ha capturado los ojos del buen varón.

Por eso antiguamente se conocía a la familia antes de entregar el corazón, la cama y finalmente la mitad del patrimonio. Presentar a los padres no era una formalidad burguesa: era enseñar el prólogo antes de permitir que alguien comprase la novela completa.

La urbanización y la masificación rompieron buena parte de esos mecanismos sociales que intentaban calcular “el mañana” a partir del origen, el carácter y la posición del individuo dentro de su comunidad. No hacía falta consultar al astrólogo ni dominar conocimientos cabalísticos. Para la inmensa mayoría bastaban el sentido común, la memoria colectiva y el buen ojo del casamentero. El conocimiento más profundo quedaba reservado a una élite dentro de la élite.

En el extremo opuesto apareció la lotería romántica moderna: relaciones nacidas por proximidad social, interés económico, conveniencia, soledad o un calentón hormonal provocado quizá por algún alimento no kosher. Se llama “amor espontáneo” a lo que muchas veces no es más que deseo sin genealogía, sin proyecto y sin nadie dispuesto a preguntar qué clase de desastre familiar viene incluido en el equipaje.

Las mitzvot cumplen precisamente la función de dar forma a la persona. No eliminan mágicamente sus impulsos, pero condicionan el modo en que puede obedecerlos. Limitan la libertad inmediata para proteger la libertad futura.

A medida que el judío se acerca a Hashem, no pierde propiamente su libre albedrío: reduce voluntariamente el número de estupideces que todavía considera posibles. En cierto sentido imita a los ángeles, que ejecutan la voluntad divina sin convertir cada orden en una crisis de identidad. Sin embargo, permanece humano, porque todavía puede apartarse y porque su obediencia conserva valor precisamente al haber sido elegida.

Como baal teshuvá puedo observar con claridad esa progresiva anulación, no de la capacidad de elegir, sino de determinadas elecciones. Hay pecados y errores que todavía podría cometer, pero que ya no me permito contemplar como posibilidades reales.

Y esa renuncia no me empobrece. Me evita algunas de esas consecuencias negativas mediante las cuales la vida obliga al necio a repasar una lección que ya se negó a aprender por las buenas.

La Torah no impide que uno se equivoque de mujer. Tampoco concede visión profética al hombre porque haya aprendido dos bendiciones y comprado una kipá. Pero sí le enseña que elegir esposa no consiste únicamente en encontrar un cuerpo que le guste, sino en descubrir qué historia, qué descendencia y qué juicio está invitando a entrar en su casa.

Y sí: dentro de toda esa elevada arquitectura espiritual, pueden seguir gustándome rubias. La metafísica tampoco exige hacerse el ciego.

Bueno, hasta aquí llegaba la parte democrática para todos los públicos. Naturalmente, no podía haber artículo mío que no incluyera su correspondiente dosis de radiactividad políticamente incorrecta, #ICBM, al más genuino estilo Israel Ben Yosef. Sé de sobra que mis textos arruinan cualquier posibilidad de respetabilidad y que una persona sensata borraría este párrafo antes de publicarlo. Pero una persona sensata tampoco sería Israel Ben Yosef. Mi auténtica coherencia interna me obliga a aprovechar este tránsito de Urano, que parece abrirme por fin un espacio en el escenario digital, aunque sea Kadosh Baruj Hu quien decida qué lugar me corresponde dentro del tikún.

Sé que lo siguiente arde, que arruina cualquier posibilidad de respetabilidad y que una persona sensata borraría el párrafo antes de publicarlo. Pero no se llamaría  Israel Ben Yosef....

La Novia de Israel Ben Yosef

Ella era rubia, madre y empoderada. Pero también era una mujer rota, perdida y abandonada a su suerte, porque el vínculo con el padre de su hija se había perdido por el camino. Los misterios astrológicos y las decisiones irracionales no son el asunto central de este texto, pero me compadezco de esa niña huérfana de una madre inexistente. Ya que Hashem pareció concederle a esta mujer el deseo de su corazón. La cuestión terrible es: ¿a qué coste?

La gracia de esta particular novia de Ben Yosef es que alcanzó una gran gloria mediática: llegó a ser una influencer, rodeada de miles de likes de desconocidos, aplausos y sonrisas, reales o comprados qué más da, pues la necedad dispone siempre de mayoría democrática. Y cuanto mayor es la degradación exhibida, mayor parecía ser la recompensa prometida por aquel Océano de Sangres.

Naturalmente, no era alguien que simpatizara conmigo, ni yo habría despertado simpatía alguna en ella. Su activismo propalestino y su antisemitismo la situaban en el extremo contrario de esta casa. Sin embargo, la muerte no convierte automáticamente en sabia a su víctima ni obliga a falsear quién fue. Pero tampoco elimina la tragedia ni la hija que queda después de ella...

En este caso concreto, parece que el culto de Asherá emerge simbólicamente desde el ayer hasta nuestro presente. Las mismas acciones conducen a resultados semejantes, aunque ya no esté presente un ídolo de piedra o madera. Esta diosa parecía habitar en el corazón de aquella mujer, no porque levantara literalmente un altar, sino porque reprodujo el patrón: deseo, exhibición, fertilidad, dinero y poder femenino separados de cualquier pacto que pudiera imponerles un límite. Lo peor del planeta Venus!

Ella se buscó a un inmigrante ilegal musulmán y convirtió públicamente aquella relación en mercancía. No porque ambos pretendieran construir discretamente una familia feliz, sino porque él, su procedencia y la transgresión que representaba formaban parte del personaje del cual ella obtenía atención, influencia y beneficio. Un topicazo típico de Netflix: la rubia occidental que abraza al invasor mahometano y transforma la contradicción en contenido rentable.

Eso sí, jamás veremos el topicazo inverso: un Shemental trayendo una docena de yehudim con sus cuatro esposas para levantar un Israel patriarcal. Extraño fracaso propagandístico, considerando que los judíos controlamos los medios de incomunicación: dominamos Netflix, pero toda la publicidad reproductiva se la lleva Ishmael que no la de nuestra raza.

Vamos, el topicazo medioambiental,  Una mujer rubia Occidental abraza a invasor Mahometano (dirhams por favor). Los cuales llegaron como camellos desde la dunas de arabia con su tesoros y presentes, los cuales aumentaban mientras ella flirteaba con pseudo-conversiones o mestizajes culturales/religiosos, pro-palestina, welcome refugees... Hasta que se llegar al punto donde el llevar burka y minifalda son compatibles cuando solo te has leído medio Corán... (Ironia ON).

Dejando a un lado la guasa teológica, objetivamente era una madre soltera buscando a un pringado que sacara la basura y pagará las facturas. Que además pudiera convertirlo en accesorio ideológico, fantasía exótica y fuente de atención pública mejoraba considerablemente el negocio. El amor al dirham era casi lo de menos, como también lo era esa ambigua fantasía MILF que proyectan ciertas madres solteras cachondas mientras buscan a un “Don José el Calzonazos”: aquel que pagará las facturas hasta que lleguemos erectoralmente al Papa-Estado, encargado finalmente de subvencionarlo todo por y para ellas, las monjas funcionarias!

Porque el sistema democrático conduce por inercia hacia una especie de pseudocomunismo: crea un modelo en el que el Führer de turno neutraliza todos los falos capaces de asignar recursos a los medios de producción humana. Después declara “empoderadas” a las mujeres mientras las obliga a trabajar para el Gran Camarada, quien les promete una pensión futura a cambio de su fertilidad sacrificada. Más impuestos para la causa medioambiental; menos riqueza, hijos y autoridad dentro de la casa. Be Free. Bitch! 

Pero, volviendo al culto de Asherá, no sorprende que feminismo e islam puedan aparecer como compatibles, aunque el segundo no reconozca realmente la soberanía del primero. El feminismo imagina haber domesticado al islam mediante consignas, subvenciones y fotografías multiculturales; mientras tanto, la cimitarra de Ishmael espera detrás del decorado, pero el teatro de operaciones incluye una aguja de Esav que penetró el alma del invasor sin que se percatate de la guerra que se le viene encima, porque el enemigo nunca fue Rusia.

Porque Rusia también fue rubia, como mi novia: eslava a primera vista, germánica/asquenazí cuando uno contempla la raíz del alma, es una heredera del rostro de Jacob. Pero Rusia como Europa está perdiendo precisamente aquello que le daba un rostro propio. Algo que ningún analista occidental puede comprenderlo del todo porque observa ejércitos, fronteras y estadísticas, pero jamás solicitó una вид на жительство para residir dentro de su alma.

Llegados a este punto final cabe confesar que la protagonista de este drama no se llama Jamey Care.

Ella no es irlandesa, ni madre, ni activista, ni influencer. Aquella mujer solamente representó en miniatura la tragedia que intento describir. Su historia personal fue el prólogo de la novela completa llamada Rusia.

Rusia, como aquella mujer, coquetea con una fuerza que cree poder exhibir, financiar y gobernar. Ignora que cada concesión modifica el rostro de la casa hasta que sus propios hijos dejan de reconocerla como propia. La diferencia es que una mujer puede morir una sola vez; nuestra nación, en cambio, puede continuar sobreviviendo durante siglos en Egipto, incluso después de haber perdido su Goshen temporal.

Que Hashem ayude a la hija de aquella mujer, porque fuerte será su tikún en un mundo que no conoce su nombre ni comprende a su Dios.

Y que también recuerde el nombre de Rusia cuando Rusia ya no recuerde quién era.

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